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Por:
Aquilino José Mata
Durante cinco décadas, la televisión venezolana ha
experimentado un evidente desarrollo. Aún con sus altas y
sus bajas, este vehículo de entretenimiento familiar ha
proporcionado momentos inolvidables, que quedarán para
siempre entre lo más resaltante de su historia sentimental.
Telenovelas, programas de
concursos y variedades, musicales y noticieros conforman la
principal oferta del menú que en todo este tiempo la pequeña
pantalla ha volcado hacia toda la geografía nacional. De
esos espacios surgieron ídolos, figuras populares y
episodios estelares, algunos de los cuales recordamos hoy en
este balance gráfico, como un
merecido homenaje a los pioneros del medio.
1952
En noviembre de 1952, cuando
comienza la TV en Venezuela, existían en Caracas 2mil
telerreceptores. En enero de 1953, aumentaron a 10 mil y a
fines de ese mismo habían 30 mil.
22 de noviembre de 1952. Pérez
Jiménez inaugura la Televisora Nacional, YVKATV, Canal 5,
propiedad del Estado, ubicada en Colinas de Las
Acacias.
1953
En 1953, solamente 13 países del
mundo tenían televisión: Canadá, Cuba, Brasil, México,
Estados Unidos, Argentina, República Dominicana, Venezuela,
Japón, Inglaterra, Francia, la República Democrática Alemana
y la Unión Soviética.
1°de julio de 1953. Inauguración
de Televisa, YVLVTV, Canal 4, la primera estación privada de
televisión en Venezuela, propiedad de Gonzalo Veloz Mancera.
15 de noviembre de 1953.
Inauguración de Radio Caracas Televisión, YVKSTV, Canal 7
(posteriormente Canal 2), propiedad del Grupo Phelps.
1961
1°de marzo de 1961. Inauguración
de Venevisión, Canal 4, en las antiguas instalaciones de
Televisa, propiedad del Grupo Cisneros.
1964
1°de agosto de 1964.
Inauguración de Cadena Venezolana de Televisión, CVTV,
propiedad del Grupo Vollmer. En 1974, al ser adquirido por
el Estado, pasó a llamarse Venezolana de Televisión.
1988
3 de julio de 1988.
Inauguración de Televen.
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Nadie le tumba al culebrón su
liderazgo como género del corazón. Desde que hiciera su
aparición en la TV venezolana, en 1953, no hay una sola
generación de este país que no se haya enganchado con alguna
de sus tramas, en ocasiones ciertamente lúcidas y, en otras,
muy poco lucidas. Sea como fuere, hoy le tomamos el pulso a
una expresión que nos ha mantenido, por más de medio siglo,
a punto de infarto, siempre con el mismo cuento y en horario
estelar.
Pablo Blanco
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Eduardo Serrano y Lupita Ferrer, una de las parejas
estelares de Venevisión en los años setenta |
Marina Baura y Raúl Amundaray, un dúo protagónico
que marcó época |
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El
impecable look de Amundaray se mezcla con
el desbordante histrionismo |
Amanda
Gutiérrez y Daniel Alvarado en La Dueña,
considerada la obra maestra |
Hace 52 años, uno después de la
llegada de la televisión al país y según lo que menciona la
autora Carolina Espada en su libro La telenovela en
Venezuela, salió al aire por la extinta televisora
comercial Televisa lo que se considera la primera
telenovela de factura nacional. Se trataba de La criada
de la granja, una historia que se transmitía de lunes a
viernes a las siete de la noche, en vivo, durante apenas 15
minutos. Trece años más tarde, Raúl Amundaray ya estaría en
la cresta de la ola como el galán más cotizado de los
dramáticos en blanco y negro, y los culebrones se
instituirían como el género televisivo con más arrastre por
estos lares. Desde entonces —y para siempre jamás—, los
venezolanos hemos tenido una comunión ciertamente dramática
con las telenovelas: las criticamos, las ensalzamos, las
abandonamos y las volvemos a retomar; rogamos todos los días
que Salvador y Cabrujas inspiren a sus sucesores o que se
nos pegue algo del vecino Brasil... pero no las dejamos.
Generación tras generación, allí estamos: plantados frente
al televisor engordando el rating. Aceptémoslo de una vez: a
esta tierra de gracia le calza al pelo un melodrama. Después
de todo, y aunque mal paguen, que no se diga que no han dado
para más de un cuento y una buena tertulia.

Eternamente
recordado por su papel protagónico como Albertico Limonta,
Raúl Amundaray no puede dejar de entusiasmarse al recordar
un pasado que lo tenía permanentemente en primera plana.
Constancia de tanto robo de cámara ha quedado registrada en
eso que él mismo ha bautizado como el “minimuseo”, un rincón
de su casa que alberga, entre otras “piezas”, portadas de
revistas —conservadas por su esposa en envases cilíndricos
de plástico—, en donde posa junto a sus parejas protagónicas
de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. La
piel de zapa, junto a Pierina España, Cristina,
junto a Marina Baura, e Historia de tres hermanas,
junto a Doris Wells, ocupan las tapas de varias
publicaciones nacionales de entretenimiento. Más allá, un
álbum de artículos de periódico, organizado en vida por su
señora madre, conserva para la posteridad titulares que
hablan por sí solos: “Fue asaltado el ídolo por sus propias
fans. Le quitaron su cartera en donde tenía 700 bolívares”,
“Le ofrecen a Amundaray 10 mil bolívares para que deje el
canal dos”, “Se casó Albertico Limonta”... A lo que se
podría agregar: ...y las solteras del país lo sienten y lo
lloran.


Sería El derecho de nacer la telenovela que
consolidaría el género como tal. La epopeya de Albertico
Limonta estuvo al aire durante dos años (1965-1967) y
mantuvo su récord de máximo número de transmisiones —una
hora de lunes a viernes— hasta 1992, cuando Por estas
calles lo superó, menciona Espada en su libro. El
fenómeno fue de tal magnitud, que hasta la Billo’s Caracas
Boys le escribió un merengue: “¿Y Albertico qué le dijo?
Ya Don Rafael habló”, rezaba el estribillo.
El cubano Félix Becañé escribió esta historia del hijo que
no iba a nacer por una petición de aborto de su propia
madre, María Elena del Junco, quien, finalmente, lo deja en
manos de una humilde mujer: mamá Dolores. Esta última lo
convierte en un “hombre de bien” y él, con el tiempo, se
convierte en un médico de renombre. Posteriormente, uno de
sus pacientes es su propio padre, Don Rafael del Junco, por
quien conoce al amor de su vida, su prima Isabel Cristina,
interpretada por la bella chilena Conchita Obach.
“Muchos me criticaban porque decían que yo era un ‘galán de
salón’. Si bien era el galán, también tenía que ser un buen
actor, llorar y reír como el personaje. A veces hasta caía
en trance. Y cuando íbamos a presentaciones en público me
vestía con mi bata blanca, que tenía una placa que decía
‘Dr. Albertico Limonta’, y la gente se lo creía. Muchos me
gritaban en la calle: ‘¡Albertico, mamá Dolores no es tu
verdadera madre!’”.
Otro
de los rumores, al margen de la telenovela, tenía que ver
con el supuesto romance entre Amundaray y Obach. Ante esta
interrogante de antaño, el actor responde recitando La
casada infiel, un poema de Federico García Lorca: “No
quiero decir por hombre las cosas que ella me dijo. La luz
del entendimiento me hace ser muy comedido...”. Todo un
galán.
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La pareja, acompañada de
Bárbara Teyde, quien siempre brilló en los roles de
villana |
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Amundaray como Albertico Limonta junto a Conchita
Obach como Isabel Cristina, los sufridos
protagonistas de "El derecho de nacer" |

Los setenta son recordados por
muchos escritores contemporáneos como la verdadera época
dorada de la telenovela venezolana. Esto tiene que ver con
la incursión en el género de importantes autores tales como
Salvador Garmendia y José Ignacio Cabrujas. El primero
estuvo a cargo de las líneas de La hija de Juana Crespo,
protagonizada por Mayra Alejandra y José Luis Rodríguez, El
Puma. El segundo se catapultó con historias que rompían con
el esquema “rosa” para hablar de personajes con los que la
audiencia se pudiera identificar más fácilmente: Natalia
de 8 a 9 y Silvia Rivas, divorciada, entre
otras. Alí Rondón, profesor de la Escuela de Comunicación
Social de la Universidad Católica Andrés Bello, quien además
dicta la cátedra: La telenovela, el arte tras la
industria, no escatima en vanagloriar la obra de
Cabrujas, especialmente La Señora de Cárdenas,
protagonizada por Doris Wells y Miguel Ángel Landa.
“El
dilema del ama de casa que descubre las infidelidades de su
marido y que no sabe si divorciarse o no, puso en vilo a
muchas espectadoras. Algunas de ellas se iban a las puertas
de RCTV a ordenarle a Cabrujas que separara a esa
abnegada mujer de ‘aquel sinvergüenza’. A Miguel Angel
Landa, por su parte, lo abordaban los hombres para
reclamarle que no fuera tan evidente, ya que su personaje
les daba 'muchas pistas' a las mujeres casadas. Fue la
primera vez en la que, al final, los protagonistas no
quedaban juntos, porque ella, obviamente, se merecía un
hombre mejor, como aquel correcto médico interpretado por
Héctor Myerston”. De esa misma época, Rondón menciona, con
igual entusiasmo, una producción que considera irrepetible:
La Fiera, con Doris Wells, José Bardina y Carlos
Márquez en su inolvidable papel del patriarca Eleazar
Meléndez. Esta telenovela es una adaptación que hace Julio
César Mármol de la obra Los hermanos Karamazov de
Fedor Dostoievski.
“Lo más memorable es la actuación de Doris Wells como esa
incontrolable campesina, llamada Isabel, de la cual se
enamoran el mismo Eleazar Meléndez y sus dos hijos. Es una
de las primeras telenovelas donde se plantea la clásica
lucha entre dos familias por las tierras codiciadas.
Inolvidable es el apodo que le pone Meléndez a Isabel: ‘Mi
catirrusia’”.
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El
drama de la infidelidad en La Señora de Cárdenas,
con Miguel Angel Landa
y Doris Wells |
Carlos Márquez como Eleazar Meléndez junto a su
“catirrusia” Doris Wells, en La Fiera |
Mayra Alejandra y José Luis Rodríguez en el idilio
urbano
de La hija de Juana Crespo |


Quien
vio televisión durante los nunca bien ponderados años
ochenta, probablemente disfrutó de Topacio,
Leonela y Cristal, una trilogía rosa de la
reconocida escritora cubana Delia Fiallo. La primera es el
remake de su propia obra Esmeralda, estrenada en
los años setenta. Su nueva versión es protagonizada por
Grecia Colmenares y Víctor Cámara. Se cuenta la historia de
una hermosa campesina invidente que conoce a Jorge Luis, el
galán citadino que será testigo de su recuperación médica en
medio del romance entre ambos. Amalia Pérez Díaz
interpretaba a ‘Maíta’ y Carlos Cámara era Sirilo, el noble
amigo de Topacio, quien sufre de ciertos retardos mentales.
“Con eso se demostró que el galán en esa familia es Víctor,
pero el verdadero actor, definitivamente, es Carlos”, acota
Rondón.
De
Leonela, protagonizada por Mayra
Alejandra y Carlos Olivier, se puede decir que fue una de
las más truculentas, pero no por ello menos exitosa. “Mira
que escribir la reinserción social de un violador a través
de la paternidad que le genera el embarazo de su propia
víctima, gracias al amor, no es nada sencillo. ¿Cómo lo hizo
la señora Fiallo? Sólo ella lo sabe”, explica Rondón.
También lo saben los millones de venezolanos que no se
despegaron de la caja a la que la profesora Marta Colomina
llamó una vez “la Celestina mecánica”.
¿Qué
decir de Cristal que no se haya dicho? La historia
es muy conocida: la aprendiz de modelo que triunfa en la
pasarela y descubre que su madre es la dueña de la agencia
para la que trabaja, y que el hijo adoptivo de la misma es
el amor de su vida. Los puntos del rating que logró Fiallo
son incontables.
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Dos amigos inseparables, la invidente Topacio
y su fiel Sirilo, Grecia Colmenares y Carlos Cámara,
en el remake de Esmeralda, original de Delia Fiallo |
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El dúo romántico de Topacio, Colmenares junto
a Víctor Cámara. El actor interpretaba al
acicalado Jorge Luis, galán de la historia
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Pero
no sólo Delia Fiallo se cotizó alto —para variar. Los
protagonistas de Cristal, Jeannette Rodríguez y
Carlos Mata, lograron la internacionalización gracias a sus
personajes. “Me enteré de que, en España, Inocencia, el
personaje de Mariela Alcalá que llega a sufrir de cáncer de
mama, sirvió para una campaña preventiva dirigida a las
mujeres de ese país. Las consultas médicas, aparentemente,
aumentaron”.
Raúl
Amundaray y Lupita Ferrer co protagonizaron Cristal
como Los Ascanio, los “amos del valle” de este relato. “Eran
ellos mismos. Ella se despertaba rozagante, maquillada,
perfecta y le pedía una pastilla para la jaqueca a Gledys
Ibarra, que era Nancy, la mujer de servicio. El era un
bohemio que recitaba poesías. No se diferencian en casi nada
de Amundaray y Ferrer”, bromea Rondón. Hasta la fecha, esta
telenovela ha sido transmitida un total de nueve veces en la
Madre Patria, con un impresionante récord de audiencia.
De la
misma época no se puede obviar el éxito que, igualmente,
obtuvo Ligia Elena, escrita por César Miguel
Rondón, quien se inspiró en el tema musical homónimo de
Rubén Blades. Esta producción fue protagonizada por Alba
Roversi y Guillermo Dávila. “Es la primera vez que el final
de la historia estaba contenido en la canción promocional de
la telenovela. La cándida niña de la sociedad se fuga con el
trompetista de la vecindad”, comenta Alí Rondón.
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Carlos Mata y Jeannette Rodríguez le deben su fama
internacional a Cristal,
la telenovela icono de los 80 |
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De
la violencia al amor en Leonela,
con Carlos Olivier y Mayra Alejandra |
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Alba Roversi y el “musiquito”,
Guillermo Dávila, en Ligia Elena
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Kassandra, la telenovela
de Delia Fiallo, “es la primera en ser comprada por Japón y
entra al Libro Guinness de Récords por ser la más
vendida en el mundo. Además, apacigua la guerra en Bosnia,
pues durante sus transmisiones se hacía una tregua tácita
para poder seguir los amores de Coraima Torres y Oswaldo
Ríos. Una vez que se cayó la señal televisiva en toda esa
zona, varias recitadoras de oficio corrieron a la frontera
entre Serbia y Bulgaria para que los habitantes de la región
les contaran lo que estaba pasando en el capítulo de ese
día. Ellas reproducían, posteriormente, la historia, por
unas cuantas monedas, a quienes estaban ‘incomunicados’ de
la pantalla chica. En el capítulo en el que la cándida
gitana es sentenciada a prisión por un crimen que no
cometió, las amas de casa serbias se volcaron a las calles
para exigirles a los representantes diplomáticos del
gobierno venezolano que se comunicaran con Caracas para que
pusieran a Kassandra en libertad, porque ellas sabían que la
joven era inocente. Estamos hablando de amas de casa que
tenían a sus esposos y a sus hijos muriendo a consecuencia
de una verdadera guerra”, comenta Carolina Espada, a
propósito de este éxito dramático de principios de los
noventa.

El drama rosa de Kassandra
le sigue la laureada Por estas calles, original de
Ibsen Martínez, quien se rehusó a alargar la historia por
más de seis meses, lo que no impidió que durara, gracias a
un nuevo equipo de libretistas, un total de dos años (1992 -
1994). La trama reproducía la cotidianidad política y social
del país, casi “en directo”. La maestra Eurídice Briceño,
interpretada por María Alejandra Martín, hace pareja con el
juez Alvaro Infante (Aroldo Betancourt). Los acompañaban
Gledys Ibarra como la humilde Eloína Rangel y Franklin
Virgüez como Eudomar Santos, el “guapo del barrio”, cuyo
grito de guerra era: “¿Qué es lo que está pa’ sopa?”. “Es la
primera telenovela en la que había un personaje que
‘editorializaba’ cada capítulo, el famoso Don Lengua. Los
productores se nutrían tanto de la realidad venezolana que
habían capítulos que se grababan a las seis de la tarde y a
las nueve salían al aire”, explica Alí Rondón.

Habiendo partido de la triunfante
fórmula de la novela rosa, la telenovela venezolana, en el
nuevo milenio, comienza a convertirse en un género que no le
teme a la “mezcla de ingredientes” que bien funciona para
obtener los anhelados números del rating: la comedia, la
cotidianidad, las tramas policiales, el suspenso, y,
obviamente, el nuevo discurso femenino. “Pese a que en
Guerra de mujeres había una pareja protagónica joven,
conformada por Yubirí (Gaby Espino) y Wilker (Jorge Reyes),
César Miguel Rondón y yo nos atrevimos a incluir a tres
protagonistas más: una menopáusica (Brigitte, el personaje
de Mimí Lazo), una gorda que le era infiel al marido
(Finita, el personaje de Milena Santander) y una mujer
soltera que tiene un noviazgo con un hombre más joven que
ella (Ana, el personaje de Nohely Arteaga). Es que una mujer
madura tiene muchas más cosas que contar que una muchacha de
18 años, que es la típica protagonista”, explica la
escritora Mónica Montañés en alusión a una de las
producciones recientes más exitosas de Venevisión.
Igualmente exitosa para el llamado canal de la colina fue
Cosita Rica, de Leonardo Padrón. La historia de la
humilde bailarina del Barrio República, Paula C (Fabiola
Colmenares) y el adinerado Diego Luján (Rafael Novoa)
recordó un poco el espíritu de Por estas calles, en
eso de retratar el contexto político y social del país.
“Cuando todo el mundo estaba analizando la crisis política
con visiones apocalípticas, Cosita Rica lo hacía a
través de la huella digital de los venezolanos: el humor. El
público veía todo con una sonrisa que luego se transformaba
en reflexión”, menciona Padrón.
Por su
parte, RCTV hizo de la comedia su sello distintivo.
Mi gorda bella, protagonizada por Natalia
Streignard y Juan Pablo Raba fue un ejemplo contundente de
ello. Inevitable es la comparación que recibe esta
telenovela con la colombiana Yo soy Betty, la fea,
de Fernando Gaitán. “No sólo las gordas se identificaron con
la trama, también las delgadas que no querían ser gordas”,
explica Rosana Negrín, la escritora que versionó para la TV
esta obra original de Carolina Espada. Hasta el año pasado
esta telenovela había sido comercializada en más de 40
países, con especial éxito en Centroamérica, en donde se dio
un fenómeno llamado “la gordamanía”. “Las gordas empezaron a
vestirse con jumpers y las que no lo eran
comenzaron a cambiar sus lentes de contacto por lentes de
pasta. Todo para parecerse a Valentina, la protagonista”,
comenta Espada.
Para
resumir lo que ha sido la tendencia de la telenovela
venezolana actual, José Simón Escalona, vicepresidente de
dramáticos de RCTV, explica las fortalezas del
género.“Nuestras producciones son más naturales que las
mexicanas, más centradas en la mujer que las colombianas,
más frescas que las argentinas y con un lenguaje más directo
que las brasileñas. La telenovela venezolana ha ido
aderezándose con lo mejor de nuestra venezonalidad, con esa
exhibición constante de optimismo, humor y exageración de
nuestros sentimientos. Todo esto sin olvidar el paraíso que
supone el amor correspondido”.
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La
escultural Natalia Streignard se transformó en la
obesa Valentina, la atípica protagonista de Mi gorda
bella. Su galán fue el colombiano Juan Pablo Raba |

Rafael Novoa y Fabiola Colmenares en Cosita Rica, el
hit de Leonardo Padrón |
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Milena Santander, Nohely Arteaga y Mimí Lazo,
las heroínas de Guerra de Mujeres, todo un
manifiesto feminista |
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Esmeralda |
Lucecita |
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La primera
telenovela nacional en tener éxito fuera de
Venezuela. También fue el trampolín
internacional de Lupita Ferrer. |

El primer
súper éxito de la escritora cubana Delia
Fiallo llegó con este melodrama, que lanzó
al estrellato a Marina Baura y José Bardina,
dos de los protagonistas más populares de
todos los tiempos. |
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Doña Bárbara |
La Señora de
Cárdenas |
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Marina
Baura realizó una impecable interpretación
del más célebre de los personajes creados
por pluma de Rómulo Gallegos. La adaptación
de José Ignacio Cabrujas y Salvador
Garmendia marcó pautas. |

José
Ignacio Cabrujas creó el que para la época
se erigió como un fenómeno de sintonía sin
precedentes. La telenovela se salía de sus
tramas edulcoradas para abordar temas más
acordes con la realidad. Doris Wells y
Miguelángel Landa, con Carlos Olivier en una
de las escenas, hicieron gala de sus dotes
histriónicas. |
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Rafaela |
Ligia Elena |
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En la
época en que RCTV triunfaba con sus
“telenovelas culturales”, Venevisión le dio
la pelea con esta producción, firmada por
Delia Fiallo y protagonizada por Chelo
Rodríguez y Arnaldo André. Un melodrama
tradicional con una apreciable tele
audiencia. |

César
Miguel Rondón, inspirado en el tema de Rubén
Blades, escribió esta refrescante teleserie,
que estelarizaron Alba Roversi y Guillermo
Dávila, el ídolo de entonces. |
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La Dueña |
La Dama de Rosa |
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Otra obra
de Cabrujas, considerada por muchos como su
mejor telenovela. Amanda Gutiérrez encarnó
magistralmente a la heroína, un émulo del
Conde de Montecristo. |

Las
aventuras y desventuras del magnate Tito
Clemente y Gabriela Suárez significó un
suceso internacional para Cabrujas. |
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Por estas calles |
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La
novela-reportaje de
Ibsen Martínez
mantuvo a los venezolanos pegados del
televisor, cautivados con aquella trama que
se basaba en episodios de la vida real,
tanto social como política. |
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Leonardo Padrón, autor de El país de las mujeres
y Cosita Rica; Mónica Montañés, coautora de
Frenesí y Guerra de mujeres;
Martín Hahn, creador de la actual telenovela de
RCTV, Amor a palos, así como de la trilogía de
suspenso Angélica Pecado, La mujer de Judas y La
estrambótica Anastasia, e Indira Páez,
dramaturgo de Se solicita príncipe azul, la
cual transmite Venevisión en horario
estelar, expusieron sus reflexiones sobre esa
difícil tarea de llegarle al corazón de la
audiencia. |
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Leonardo Padrón |
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Mónica Montañés |
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Martin Hahn |
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Indira Páez |
M. Montañés:
“La telenovela siempre partirá del melodrama, la
cuentes como la cuentes. La historia de la muchacha
pobre que tiene un idilio con el hombre rico
funcionó hasta para la producción brasileña Xica
Da Silva, que es considerada como una ruptura
del género. La esclava negra, al final, se queda con
su próspero comendador”.
M.
Hahn:
“Yo siempre aposté por
escribir una telenovela de suspenso. Fue un objetivo
que me tracé gracias a José Ignacio Cabrujas, quien
me animó a tener fe en mi idea. No fue fácil hacer
cambiar las mentalidades de todo un equipo de
producción para que entendieran que, en mis
historias, el asesino, a veces, tiene más peso que
el propio idilio de los protagonistas”.
L. Padrón:
“Nunca he dejado de trabajar con el humor. Me
conecto, humildemente, con mi calle, con mi vecino y
con mi país, pero a través de la echadera de broma.
Porque éste es un país de echadores de broma. Ahora
bien, tampoco concibo la comedia por la comedia.
Si los personajes
no tienen profundidad dramática y el humor es
mediocre, el público cambia de canal”.
I. Páez:
“Siempre he concebido la telenovela como un
género que sirve, exclusivamente, para entretener.
Para que la gente haga catarsis: llore, se ría o
critique. Para mí es una representación edulcorada
de la realidad. Y, en efecto, la historia de amor
siempre es la misma, con unos protagonistas
inquebrantables, esperanzadores y arquetípicos, como
los de la tragedia griega”.
M. Montañés:
“Y que a la heroína de
la historia no se le ocurra cometer adulterio,
porque la audiencia la rechaza. Mientras que el
protagonista
se puede acostar con el elenco entero y salir
ileso”.
L. Padrón:
“Eso es cierto. Cuando yo escribí Amores
de Fin de Siglo, el personaje de Ana Karina
Manco le era infiel a su esposo, en medio de una
crisis matrimonial. Era impresionante cómo el
público tildaba a ese personaje de ‘prostituta’,
habiendo un verdadero personaje de prostituta en la
telenovela que era el de Ruddy Rodríguez. Creo que
es una pacatería llena de falsas morales.
Pretendemos pensar, a estas alturas, que los únicos
que cometen adulterio son los hombres”.
M. Montañés:
“Otro punto que hay que destacar es que la
telenovela venezolana es muy dura con las edades de
los talentos. Si
una actriz llega a los 30 años, seguramente le
tocará
interpretar a una madre sin historia de amor. Ni
hablar de si tiene 50, la ponen de abuela. A veces
uno cree que los actores se hacen cirugías por pura
frivolidad, pero, en realidad, es porque les
repercute económicamente. Eso se debería acabar por
el bien de la industria y del público”.
L. Padrón:
“Es que no hay que dejarse llevar por ‘el
imperio de la prótesis’. Cuando Cosita Rica
recuperó el rating para Venevisión, un
ejecutivo del canal dijo que lo habíamos logrado con
personajes ‘negros, viejos y feos’. Creo que
más allá de la belleza física del elenco debe haber
una buena historia que contar”.
I.
Páez:
“Es que, en estos
momentos, la telenovela venezolana está como el
país: redefiniéndose. Hay un acceso rápido a
cualquier tipo de información y es muy utópico
pensar que el público ‘le va a dar tiempo a un
dramático’ para ver si termina siendo bueno o no.
Sin mencionar que tenemos una Ley Resorte que no
sabemos cómo manejar”.
M. Hahn:
“Con esa ley uno se siente con una lupa encima.
La telenovela no se creó para que cumpliera el rol
de una guardería. Para eso
están los padres, esa es
su responsabilidad. Además, hay que tomar en cuenta
que la generación que nos sintoniza se crió viendo
comiquitas como Vaca y pollito. Se
acostumbró a un humor muy rápido y, por supuesto,
muy ingenioso. No quieren un
producto antiguo”.
M. Montañés:
“Pero hay que estar muy claros en que aunque el
rating se deba al público joven, las historias no
tienen por qué ser ‘juveniles’. Hollywood está lleno
de películas románticas protagonizadas por gente
madura, que son apreciadas por todos los targets.
Entonces esa no puede ser la premisa. En cuanto a la
Ley Resorte, no creo que afecte mis historias porque
concibo el género como un espectáculo familiar, que
es como lo define César Miguel Rondón”.
L. Padrón:
“Lo que yo no quisiera
es sentirme con una camisa de fuerza con el tema de
la Ley Resorte, ya que, supuestamente, el arte es un
territorio de libertad. De hecho, en estos momentos
estoy escribiendo una telenovela para Venevisión
en la que, nuevamente, me conecto con lo que
está pasando en el país. Quiero continuar con el
sello que me ha caracterizado, que ‘edulcora’ la
realidad, pero con papelón, para que no empalague y
para que la audiencia sienta que la historia le
pertenece”.
M. Hahn:
“Creo que en lo que todos coincidimos es en que el
escritor de telenovelas tiene que estar conectado
con el público. Cabrujas me lo decía: ‘El éxito lo
obtendrás en la medida enque escuches lo que sucede
a tu alrededor; en el supermercado, en el
autobús...’”.
I. Páez:
“Para entender eso hay
que tener mucha humildad como escritor y no
pretender que la historia que uno escribe se va a
quedar intacta de principio a fin”. |
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